| Y tú, ¿qué sabes de Bogotá?
Sabías que a Colombia le pertenece una de las más hermosas y majestuosas Coronas del periodo colonial?
La Corona de los Andes:La más bella de las coronas religiosas está en USA y debería estar en Colombia
El estado colombiano debe recuperar la Corona de los Andes
En Popayán, la virgen de la Inmaculada Concepción aguarda el regreso de su corona que ha sido evaluada entre tres y cinco millones de dólares
Pocos conocen la corona de los Andes, una de las joyas más bellas y valiosas del periodo colonial. Hace casi quinientos años fue elaborada como un regalo a la Virgen, y hace ochenta que se encuentra fuera del país. Recuperarla significaría un inmenso aporte al patrimonio cultural colombiano
Por Germán Izquierdo Manrique para Ciudad Viva
Imaginemos a Popayán hace 200 años. Las mulas yendo y viniendo, el sol pegando en las paredes, blancas como la punta del volcán Puracé. Casi cuatrocientas casas, todas con tejas de barro: las del millonario y las del jornalero. Balcones a lado y lado de las calles. Hombres subiendo por los caminos a caballo, vestidos con camisas amarillas y verdes traídas de España. Esclavos negros llevando bultos a sus espaldas y mujeres beatas de trajes lúgubres. Imaginemos ahora el Popayán de noche, en Semana Santa. Por las calles de piedra van caminando los fieles. Todo el pueblo ha salido a la procesión. Los muros blancos de las casas son iluminados por la amarilla luz parpadeante de las velas que llevan los devotos. Sobre los hombros de los cargueros, que marchan arrastrando sus alpargates, avanza la virgen María, que se mueve un poco de lado a lado, al igual que las esmeraldas en forma de pera de su corona de oro macizo, que lleva incrustadas 453 esmeraldas: es la corona de nuestra señora de los Andes.
Durante la Colonia Popayán fue una de las ciudades más importantes de la Nueva Granada y era reconocida por ser de las más cultas y adelantadas. Alfonso Bonilla Aragón escribió “Popayán deja la impresión de que allí estuvo concentrado todo el señorío de las españas americanas [...] Los episodios nacionales parecen historias y consejas payanesas.” Dentro de las muchas historias que tiene para contar esta ciudad está la de una peste que asoló a varias poblaciones vecinas y que, según se decía, se aproximaba a la ciudad. Los payaneses, mucho más aterrorizados por la epidemia que por los temblores que sacudían con frecuencia a su ciudad, se dedicaron a rezar. Un año después, pasado el pánico y apagadas las oraciones, la gente por fin se sintió tranquila. La peste nunca llegó. Es ahí, justamente, donde empieza la historia de la corona de los Andes.
La construcción y el peregrinaje de la corona
Muchos de los habitantes de Popayán eran descendientes de quienes llegaron con Belalcázar luego de la conquista del Perú. Algunos de ellos pertenecían a la nobleza española y se habían vuelto ricos en el Nuevo Mundo. Este grupo acaudalado de ciudadanos planeó la elaboración de un regalo para la santísima virgen de la inmaculada Concepción, considerada como la amparadora de Popayán, ya que evitó que la plaga asolara la ciudad. Decidieron, pues, regalarle una corona de oro puro. Toda la población donó a un grupo de nobles de la ciudad algo de oro para su elaboración, de la cual encargaron a unos orfebres, dándoles carta blanca pero poniéndoles esta condición: “La corona debe exceder en belleza y fastuosidad a la de cualquier monarca. De otra forma no podría ser un regalo digno de la reina del cielo.”
Pero la gran atracción de la corona fueron las esmeraldas. Muchas familias de la ciudad atesoraban valiosos piezas de estas joyas que, dicen, habían sido robadas a los indígenas durante la caída del imperio Inca del Perú. La leyenda narra que la más grande esmeralda de la corona, de 45 quilates, fue arrancada del cuello de Atahualpa cuando fue capturado en 1532. Las 17 peras que cuelgan del interior de la diadema fueron obsequiadas por la familia Hurtado; otras eran de propiedad de los Olano. En total, sumando todas las esmeraldas, la corona tiene 15 000 quilates, lo que la convirtió en la colección de esmeraldas finas más valiosa del mundo.
Las historias cuentan que cuando la corona fue terminada, fue llevada en un caballo blanco, sobre un cojín, hasta el palacio del arzobispado. El día en que la Virgen estrenó su regalo —precisamente el 8 de diciembre de 1599— los niños de Popayán vistieron trajes blancos y cubrieron las calles de pétalos de flores. Cada habitante de la ciudad llevaba una vela en sus manos y, después de que sonaron las últimas notas del O salutaris y el Tantum ergo , se realizó la ceremonia de coronación de la Virgen. Desde entontes —hasta principios del siglo XX, con una pocas interrupciones— la tradición se conservó.
La venta de la corona
En los inicios del siglo pasado se empezó a contemplar la posibilidad de vender la corona, que estaba en manos de la Cofradía de la Inmaculada Concepción de la catedral de Popayán. El síndico patrono de dicha cofradía era don Tomás Olano. Fue él quien inició gestiones ante el papa Pío X para vender la preciada corona. Según Olano, el dinero de la venta se destinaría a la construcción de un asilo para ancianos, que finalmente nunca se edificó. El permiso del Vaticano se dio en 1914. Durante los años veinte, debido al desplome de la bolsa en Estados Unidos, se malogró un negocio con el comerciante estadinense Warren J. Pipper. Entonces la joya le fue vendida a Guillermo Rodríguez Fonnegra, por 85 000 dólares. El mismo Fonnegra que sirvió de intermediario para que Pipper la comprara en 1936.
Desde ese entonces la corona no ha regresado al país. A pesar de un juicio por malos manejos instaurado en contra de Tomás Olano por parte de la iglesia, la joya ha permanecido en Nueva York. Muchas historias se han tejido alrededor de la corona: que fue robada por piratas, que el zar Nicolás II de Rusia la quiso comprar, que Simón Bolívar la tuvo en su poder en 1812… Puras fantasías.
Lo cierto es que en todos estos años la corona ha sido exhibida en ciudades como Londres, Roma, Tokio y hasta en el palacio museo de Topkapi, de cinematográfica fama. Pero en Colombia no se ha vuelto a ver. A los Andes Colombianos, a donde pertenece por razones históricas y culturales, no ha regresado. Haría falta voluntad del gobierno y sentido de pertenencia para que la preciosa corona regrese a donde debe estar: en nuestro país.
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